martes, 28 de enero de 2014

Crecimiento y espiritualidad

Vivimos todas las etapas de nuestra vida con más o menos consciencia y con inconsciencia, o con un poco más de lucidez, llega un momento en que sentimos que entramos en una etapa temida y sin embargo en alguna manera deseada, todos deseamos vivir muchos años, a la que llamamos vejez.
Esta palabra en nuestra civilización, el llegar a la tercera edad, solo tiene connotaciones negativas porque a ella se asocian la enfermedad, la decrepitud y finalmente, la muerte. Sin embargo, en otras sociedades “menos civilizadas”, a los viejos se les llama ancianos y ocupan puestos sociales privilegiados.
Estas dos maneras tan diferentes de entender este periodo de la vida, nos invita a considerar que hay dos formas sociales de ver, evaluar, posicionar e integrar a las personas a medida que cumplen años:

- En algunas sociedades que llamamos “primitivas”, no se discrimina a ninguna persona por el hecho de tener más edad, ni se considera que por ello tengan menos capacidades, porque se aprovecha en bien de la sociedad la experiencia y sapiencia de esas personas.
- En nuestra sociedad moderna y “avanzada”, hay una programación de vejez que se establece a una edad determinada y a la que es difícil sustraerse porque en todos los ámbitos sociales en los que nos movemos, nos lo recuerdan continuamente.

Así que convivimos con esa programación desde que somos niños y crecemos escuchando a las personas de nuestro alrededor frases como: “a mi edad…”, “ya tengo tal dolor, tal achaque”, “ya no puedo”, “para qué voy a hacer tal cosa”, entre otras, y sin darnos cuenta, nos marginamos de la vida y la vida entonces nos deja fuera.
Con sorpresa para algunos de nosotros, llega un momento en que sentimos que es cierto, que es irremediable, que estoy envejeciendo.
Hay dolor y sobre todo mucho miedo. Miedo a la incapacidad, a la pérdida de las capacidades físicas y mentales, a la muerte; en ese estado de ansiedad y de gran dolor emocional, cada cosa que nos pasa, (que probablemente nos está pasando desde hace años), cada arruga nueva que nos vemos, cada dolor que sentimos, la asociamos con:
“Lo ves? Es cierto, ya estás empezando a ser vieja, ya estás cruzando la frontera que te separa de una vida activa, con proyectos, con ilusiones, a la vida de resignación, de apatía, de refugiarte en un pasado porque ya no hay futuro para ti”.
Llegado este momento en el que sentimos quizás por primera vez en nuestra vida, que la vejez está ahí también para nosotros. Lo primero que debemos hacer es cambiar nuestros registros mentales, porque:
Mientras estamos vivos podemos aprender, descubrirnos y aprovechar cada día lo aprendido.
Mientras estamos vivos, tenemos nuestra energía interna a disposición de nuestro cuerpo para sentirnos vitales.
Mientras estamos vivos, tenemos recursos físicos, emocionales, mentales, y de salud, para que nuestra vida siga siendo enriquecedora.
Por tanto; es importante que al término vejez o tercera edad, le demos un significado más amplio y más esperanzador, para que lo acoplemos a nuestro cuerpo con sabiduría, viviendo y avanzando hasta el último momento, cada uno según su capacidad.

Cambios en tu forma de pensar:

Tienes que tener una mente abierta y expectante, con nuevas ideas para no quedarte paralizado en el pasado, en lo que fue o pudo ser.
No te puedes permitir tener tu mente llena de recuerdos ya que entonces estarás muy limitado para poder acceder a nuevos conocimientos que te van a ayudar a vivir de forma más activa tu día a día. Para ello es importante que te plantees pequeñas metas cada día y pongas todo tu empeño en cumplirlas, porque así cuando te metas en la cama por la noche, te sentirás satisfecho de haber cumplido tu objetivo.
Procura desechar los pensamientos de “estoy mayor”, “ya no puedo”, “ya no me toca”… porque son un gran obstáculo para avanzar.

Pautas corporales:

Cuida de tu cuerpo físico, dando importancia a los aspectos de la salud corporal y a tu imagen, poniéndote ropa con la que te sientas a gusto, maquillaje, adornos, porque a cualquier edad podemos sentirnos bellos si nos tratamos bien y nos mimamos.

Cuida tu salud emocional; para ello es conveniente que hables con alguien de lo que te preocupa, te angustia y te estresa, o al menos escríbelo en un papel y tíralo a la basura. Después respira profundamente, verás cómo te sientes aliviado.

Haz algún ejercicio físico porque nuestro cuerpo necesita moverse para así generar la energía que necesita. Caminar veinte minutos al día puede ser suficiente para empezar, lo importante es dejar la rutina. Te ayudará a descargar tu mente y a relajar tu cuerpo.

Procura ponerte colores diferentes cada día. Mira a ver qué color te apetece, este será el mejor para ti. Si estás desanimado, ponte colores vivos porque subirán tu ánimo.

Nuestro cuerpo necesita también estímulos diferentes, por ello la alimentación debe ser variada, carne, pescado, pasta, diferentes frutas y verduras, todo ello cocinado de formas distintas y procura cambiar el color de los platos, los vasos, los manteles. Es una forma más divertida de comer y nos conecta con el color y la variedad de la vida.
A medida que vayas haciendo estos pequeños cambios te vas a sentir mejor contigo y eso te va a llevar a tener una vida más saludable, tranquila y activa.

Basado en el ensayo de María Gemma: “Miedo a la decrepitud de la vejez, a la enfermedad y a la muerte”.


María Gemma Saenz