Elegiría la alegría de la niñez,
cuando cualquier cosa podía convertirse en aventura, cuando una tarde parecía eterna y la felicidad cabía en un juego, una sonrisa o un abrazo.
Elegiría la ilusión de la adolescencia, esa manera de mirar el futuro como si todo fuera posible; cuando soñábamos sin miedo y todavía creíamos que la vida sería exactamente como la imaginábamos.
Elegiría la templanza de la edad madura, porque con los años aprendemos que no todas las batallas merecen ser peleadas; que no toda opinión merece una respuesta y que muchas veces la verdadera victoria consiste en conservar la paz.
A esa edad comprendemos que perder algunas personas también puede ser una forma de encontrarnos.
- Que decir “no” no es egoísmo.
- Que alejarnos de lo que nos hace daño también es amor propio.
Y elegiría la sabiduría de la vejez, porque llega después de haber vivido, de haber amado, perdido, llorado, reído y comenzado de nuevo tantas veces.
La vejez enseña a mirar la vida diferente.
- Ya no importa tanto tener razón - Importa tener tranquilidad.
- Ya no impresiona tanto lo material - Importan los recuerdos.
- La familia.
- Los abrazos.
- Las conversaciones sinceras.
- Una mesa compartida.
- Una tarde tranquila.
- Una oración dicha con gratitud.
Porque cada etapa tiene una belleza distinta.
- La niñez nos enseña a disfrutar.
- La adolescencia, a soñar.
- La madurez, a elegir.
- Y la vejez, a comprender.
Quizá crecer no significa dejar atrás quienes fuimos, sino aprender a llevar dentro de nosotros lo mejor de cada etapa.
Conservar la alegría del niño, la ilusión del adolescente, la calma del adulto y la sabiduría de quien ha vivido suficiente para saber que la vida, con sus pérdidas y sus milagros, sigue siendo un regalo.
Y cuando llegue el final del camino, ojalá podamos mirar atrás sin tanta tristeza y decir:
- Viví.
- Amé.
- Aprendí.
- Me equivoqué.
- Perdoné.
Y, a pesar de todo,
Valió la pena
No hay comentarios.:
Publicar un comentario