miércoles, 16 de septiembre de 2026

Elegiría la alegría de la niñez,

cuando cualquier cosa podía convertirse en aventura, cuando una tarde parecía eterna y la felicidad cabía en un juego, una sonrisa o un abrazo.


Elegiría la ilusión de la adolescencia, esa manera de mirar el futuro como si todo fuera posible; cuando soñábamos sin miedo y todavía creíamos que la vida sería exactamente como la imaginábamos.


Elegiría la templanza de la edad madura, porque con los años aprendemos que no todas las batallas merecen ser peleadas; que no toda opinión merece una respuesta y que muchas veces la verdadera victoria consiste en conservar la paz.


A esa edad comprendemos que perder algunas personas también puede ser una forma de encontrarnos.

- Que decir “no” no es egoísmo.

- ⁠Que alejarnos de lo que nos hace daño también es amor propio.


Y elegiría la sabiduría de la vejez, porque llega después de haber vivido, de haber amado, perdido, llorado, reído y comenzado de nuevo tantas veces.


La vejez enseña a mirar la vida diferente.

- Ya no importa tanto tener razón - Importa tener tranquilidad.

- ⁠Ya no impresiona tanto lo material - Importan los recuerdos.

- La familia.

- ⁠Los abrazos.

- ⁠Las conversaciones sinceras.

- ⁠Una mesa compartida.

- Una tarde tranquila.

- ⁠Una oración dicha con gratitud.


Porque cada etapa tiene una belleza distinta.


- La niñez nos enseña a disfrutar.

- ⁠La adolescencia, a soñar.

- ⁠La madurez, a elegir.

- ⁠Y la vejez, a comprender.


Quizá crecer no significa dejar atrás quienes fuimos, sino aprender a llevar dentro de nosotros lo mejor de cada etapa.


Conservar la alegría del niño, la ilusión del adolescente, la calma del adulto y la sabiduría de quien ha vivido suficiente para saber que la vida, con sus pérdidas y sus milagros, sigue siendo un regalo.


Y cuando llegue el final del camino, ojalá podamos mirar atrás sin tanta tristeza y decir:


- Viví.

- ⁠Amé.

- ⁠Aprendí.

- ⁠Me equivoqué.

- ⁠Perdoné.

Y, a pesar de todo,

        Valió la pena

No hay comentarios.: